Isla Coiba: El santuario natural del Pacífico panameño sacudido por el regreso de reclusos de máxima seguridad

A unos 25 kilómetros de las costas de Veraguas, en el Pacífico de Panamá, emerge el archipiélago de Coiba. Durante casi un siglo, este territorio insular fue sinónimo de castigo y aislamiento implacable: una colonia penitenciaria a cielo abierto establecida en 1919 donde las torturas, los trabajos forzados y las disputas carcelarias marcaron una época de terror. Tras su clausura definitiva en 2004 y su posterior declaratoria como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, la naturaleza recuperó terreno, convirtiendo al archipiélago en el parque marino más extenso de Centroamérica con más de 270.000 hectáreas protegidas.
Sin embargo, la historia parece dar un giro inesperado. En una medida que ha encendido el debate público, el gobierno del presidente José Raúl Mulino ordenó el traslado de decenas de reclusos de alta peligrosidad hacia una base del Servicio Nacional Aeronaval en la isla principal, luego de una fuga masiva registrada en el presidio de La Joyita. A este grupo inicial de 29 reos se sumaron posteriormente otros señalados por delitos contra la administración pública. El mandatario defendió la decisión catalogándola como un imperativo de seguridad nacional para desarticular el crimen organizado dentro de los recintos carcelarios habituales.
Memorias de supervivencia: de presidiario a guardián del ecosistema
La dualidad de Coiba se refleja vívidamente en testimonios como el de Narciso Bastidas, conocido como "Mali Mali". Oriundo de la comarca indígena Guna Yala, Bastidas cumplió una condena de diez años en el penal insular durante la década de 1980, en plena dictadura militar. Rememora jornadas agotadoras abriendo trochas con machete bajo amenazas constantes, un régimen donde la negligencia médica y los severos castigos físicos eran la norma cotidiana.
Paradójicamente, ese mismo aislamiento y la presencia de la prisión impidieron el desarrollo humano descontrolado, preservando intacto cerca del 80% del territorio virgen. Tras cumplir su sentencia, Bastidas experimentó una transformación personal: se unió a las brigadas científicas y ejerció durante años como guardaparques del Sistema Nacional de Áreas Protegidas, aportando un valioso registro histórico y oral a los botánicos y ecólogos que hoy estudian la regeneración del bosque tropical.
Un laboratorio biológico único en el continente
Científicos de diversas instituciones, entre ellos el biólogo marino Edgardo Díaz Ferguson, consideran a Coiba un auténtico refugio evolutivo que ha permanecido con mínima alteración humana por miles de años. En sus aguas habitan y transitan especies clave como tiburones toro y cetáceos migratorios, mientras que sus densos bosques resguardan poblaciones de especies casi extintas en tierra firme continental, tales como el águila crestada y la guacamaya roja.
La presencia de reos custodiados en la isla despierta honda preocupación en organizaciones como el Centro de Incidencia Ambiental de Panamá, las cuales recuerdan que el marco jurídico de la reserva establece que su uso debe limitarse a la conservación, el ecoturismo y la investigación. Aunque el Ministerio de Ambiente ha afirmado que no existen afectaciones al entorno dado que no se levantaron nuevas construcciones, el pulso entre las urgencias de seguridad penitenciaria del Estado y la custodia de un tesoro ecológico invaluable mantiene a Coiba bajo la mirada vigilante de la comunidad internacional.