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Israel en el laberinto: sin mayoría clara, Netanyahu y la oposición entran en una encrucijada política de alto voltaje

Publicadovie, 30 oct 2026, 8:45 a. m.
Israel en el laberinto: sin mayoría clara, Netanyahu y la oposición entran en una encrucijada política de alto voltaje

El panorama político en Israel vuelve a situarse al borde de la parálisis. El recuento definitivo de las elecciones legislativas confirmó el peor escenario para la estabilidad institucional: ninguno de los bloques dominantes logró alcanzar los 61 escaños indispensables para formar gobierno en una Knéset compuesta por 120 bancas. La pugna frontal entre la derecha tradicional del primer ministro Benjamin Netanyahu (Likud) y la alternativa centrista de Gadi Eisenkot (Yashar) ha dejado al país en un limbo que podría prolongarse por meses o empujar a la ciudadanía a su séptimo proceso electoral en apenas ocho años.

Frente a este empate técnico, el tablero de juego abre alternativas tan estrechas como espinosas, marcadas por un clima de desconfianza mutua y heridas abiertas tras los acontecimientos del 7 de octubre de 2023.

El dilema opositor y la barrera del voto árabe

En el papel, la oposición sumaría suficientes fuerzas para destronar a Netanyahu si lograra articular un frente amplio que incluya a las formaciones árabes, como Raam y la Lista Conjunta. Sin embargo, la viabilidad de este pacto choca contra un muro ideológico interno. Figuras clave de la derecha opositora, tales como el ex primer ministro Naftali Bennett y el veterano dirigente Avigdor Liberman, han cerrado taxativamente la puerta a cualquier entendimiento que dependa del respaldo árabe, endureciendo su retórica nacionalista en el contexto regional actual.

Si bien este bloque heterogéneo podría coordinarse puntualmente para arrebatarle al oficialismo la presidencia de la Knéset y complicar el margen de maniobra de Netanyahu, la edificación de una coalición de gobierno sostenible bajo estas condiciones luce sumamente remota.

Un gobierno de unidad o la caza de tránsfugas

Descartada la vía sencilla, surge la hipótesis de un gobierno de unidad nacional. En este esquema, el Likud de Netanyahu buscaría retener el poder sumando a sectores de la oposición y sacrificando, de ser necesario, a socios extremistas como Itamar Ben-Gvir, aunque reteniendo a Bezalel Smotrich y a las facciones ultraortodoxas. No obstante, Eisenkot ha reiterado su negativa frontal a sentarse con el mandatario en funciones, consciente de que un pacto con «Bibi» significaría una fractura letal con su propio electorado.

La otra carta bajo la manga para Netanyahu radicaría en atraer desertores individuales del bando opositor. Sin embargo, con un déficit de al menos ocho escaños y con líderes como Bennett, Liberman y Yair Golan blindando a sus legisladores, la tarea de captar tránsfugas se proyecta como una cuesta arriba monumental.

El reloj institucional corre en manos de Herzog

El desenlace inmediato recae ahora sobre el presidente del Estado, Isaac Herzog, quien iniciará las consultas formales con todas las fuerzas parlamentarias antes de encomendar a un líder el primer mandato exploratorio. Quien reciba la designación inicial dispondrá de 28 días (prorrogables por 14 más) para sellar un pacto; si fracasa, el encargo pasará a un segundo candidato y, en última instancia, al arbitrio de la Knéset.

Paradójicamente, la dilación favorece a Netanyahu. Al mantenerse como primer ministro interino, el veterano líder puede dejar que la oposición agote sus cartuchos sin éxito. Si nadie consigue desatar el nudo político antes de doce semanas, Israel estará inexorablemente abocado a convocar nuevos comicios hacia la primavera, perpetuando una crisis institucional que no da tregua.