La erosión del Estado de bienestar enciende la mecha de una nueva ola de protestas juveniles en Europa

Una nueva marejada de indignación recorre las principales capitales europeas. En Francia, las calles arden por reclamos estudiantiles enfocados en la educación; en España, el desahucio de Maricarmen, una anciana desalojada tras décadas de alquiler, reactivó campamentos ciudadanos en la emblemática Puerta del Sol de Madrid; mientras que en Italia, sindicatos y jóvenes alzan la voz contra lo que denominan una "economía de guerra". El fenómeno no es aislado: en Serbia, tras meses de presión popular, el histórico presidente Aleksandar Vucic debió dimitir y admitió su derrota electoral frente a un pujante movimiento estudiantil.
La fractura del modelo social europeo
Detrás de estas manifestaciones diversas subyace un factor común: la pérdida de capacidad y alcance del Estado de bienestar en el continente. De acuerdo con el análisis de la politóloga Yanina Welp, investigadora senior en el Albert Hirschman Center on Democracy en Ginebra y docente en la Universidad de Girona, estos estallidos responden a patrones cíclicos que emergen aproximadamente cada década, pero que hoy encuentran su combustible en el deterioro de servicios esenciales como la vivienda y la educación pública, golpeando con especial crudeza el presente y el futuro de las nuevas generaciones.
"Hay que distinguir entre el detonante, aquello que enciende la mecha, y las condiciones estructurales", advierte Welp. La chispa puede ser un desalojo o una reforma académica, pero el terreno ya estaba abonado por un sistema incapaz de sostener las promesas de progreso para los más jóvenes.
Una profunda brecha intergeneracional
El abismo socioeconómico entre generaciones se ha ensanchado drásticamente en los últimos 40 años. Mientras que décadas atrás una familia trabajadora podía adquirir una vivienda propia con una hipoteca asumible a diez años, hoy el acceso al techo es prácticamente inalcanzable para la juventud trabajadora. A esto se suman reformas educativas que encarecen la formación superior mediante posgrados obligatorios y un declive demográfico en sociedades envejecidas, donde el peso electoral favorece sistemáticamente las prioridades de los adultos mayores en detrimento de la juventud.
Esta asimetría política empuja a los jóvenes a buscar canales no convencionales de incidencia, polarizando al mismo tiempo sus preferencias electorales entre opciones radicales de derecha y movimientos progresistas.
Represión policial y capitalización política
Un elemento distintivo y alarmante de este ciclo de protestas es la creciente normalización del uso desmedido de la fuerza. Según los expertos, la estética militarizada de los cuerpos policiales y el discurso securitario buscan deslegitimar la protesta social confundiéndola deliberadamente con actos violentos, un fenómeno alimentado por la polarización tóxica contemporánea.
En el plano electoral, figuras como Marine Le Pen en Francia apelan al orden y a un "Estado de bienestar chovinista" de prioridad nacional, mientras líderes de izquierda intentan canalizar el descontento popular. En este tablero de alta tensión, el desenlace sigue abierto: la resolución del conflicto dependerá de si las democracias occidentales deciden tender puentes de diálogo o continuar blindando un modelo que expulsa a sus propios relevos generacionales.