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La odisea de David Ruiz: cuatro años dando la vuelta al mundo en solitario y el inesperado destino de su regreso

Publicadojue, 1 oct 2026, 12:45 p. m.
La odisea de David Ruiz: cuatro años dando la vuelta al mundo en solitario y el inesperado destino de su regreso

A casi cuatrocientas millas de cualquier puerto seguro, con el motor humeante e inservible y la corriente arrastrando su velero con fuerza implacable hacia los arrecifes del estrecho de Torres, David Ruiz conoció los límites del agotamiento humano. Llevaba más de cincuenta horas sin dormir y treinta gobernando a mano debido a fallos críticos en sus pilotos automáticos. Cuando el ancla finalmente frenó el avance de Thor, la sacudida lo arrojó herido sobre la cubierta. En aquel rincón del norte de Australia, al borde del colapso, Ruiz recurrió a una determinación insólita: encendió un altavoz a todo volumen con La cabalgata de las Valquirias de Richard Wagner y, paso a paso, ejecutó las maniobras que salvaron su vida.

Ese episodio fue apenas uno de los tantos desafíos extremos que definieron una travesía titánica de tres años, diez meses y veintiséis días. El navegante español plasmó esta experiencia en su obra Irse, un testimonio de cómo un anhelo concebido a los 15 años tras leer a Bernard Moitessier se materializó a sus 50, cuando decidió cerrar una exitosa etapa de 25 años en el sector del diseño y la creatividad para lanzarse al océano en solitario.

Un periplo de 27.000 millas y una pandemia en alta mar

A lo largo de aproximadamente 50.000 kilómetros náuticos, Ruiz no solo fue el capitán, sino toda la tripulación: mecánico, cocinero, estratega y vigía. Su embarcación se convirtió en taller y santuario mientras cruzaba el Caribe, el Pacífico sur —maravillándose con la inmensidad de las islas Marquesas— y el sudeste asiático, hasta adentrarse en las complejas aguas del mar Rojo.

Fue precisamente en esa zona donde la travesía chocó contra una realidad insospechada: la irrupción de la pandemia de covid-19. Con fronteras cerradas y puertos herméticos, Ruiz experimentó la hostilidad de un mundo confinado. En Egipto pasó semanas fondeado en Soma Bay junto a otros navíos en situación similar, entre ellos la tripulación mexicana del velero Aldivi, compartiendo víveres y soledad en un escenario que el propio navegante describió como sacado de una ficción apocalíptica.

El retorno y una travesía sin cartas de navegación

Al cruzar el canal de Suez y poner proa a Barcelona, Ruiz completó el circuito global con la convicción de haber dominado las reglas implacables del mar. Sin embargo, el mayor giro de su viaje no aguardaba en los océanos, sino en tierra firme.

Tras desembarcar, retomó contacto con Montse Minguet, una conocida del pasado con quien inició un intercambio epistolar que transitó por la literatura, la introspección y la filosofía de vida. Aquel diálogo derivó en un reencuentro formal a bordo del propio Thor, transformando el espacio de supervivencia solitaria en el punto de partida de un proyecto compartido. Hoy, lejos de las coordenadas estrictas y los vientos cruzados, Ruiz emprende una nueva etapa donde el destino ya no se mide en millas náuticas, sino en la certeza de no volver a navegar en soledad.