La tragedia del cesio-137 en Brasil: el resplandor mortal que devastó a una familia y marcó la historia nuclear

En septiembre de 1987, en la ciudad brasileña de Goiânia, un destello azul fascinó a quienes tuvieron contacto con él, sin sospechar que se trataba de una condena a muerte silenciosa. Devair Ferreira, propietario de un depósito de chatarra, compró una cápsula metálica hallada por recicladores informales entre las ruinas de una clínica médica abandonada. La pieza desprendía una misteriosa y cautivadora luminiscencia azul que cautivó a familiares, amigos y vecinos, desatando el desastre radiológico más grave jamás registrado en el hemisferio sur.
Un brillo letal disfrazado de curiosidad
El polvo brillante, que resultó ser cesio-137 altamente concentrado, comenzó a circular entre allegados como si fuera una piedra preciosa. Incluso Devair consideró engarzarlo en una sortija para su esposa, María Gabriela. Su hermano, Odesson Ferreira, le advirtió inicialmente que descartara el artefacto por considerarlo basura inútil; no obstante, pedazos del compuesto fueron repartidos de mano en mano. Días más tarde, decenas de personas presentaron vómitos, quemaduras y diarreas agudas sin causa aparente.
Fue María Gabriela quien intuyó el peligro y trasladó el cilindro a un centro de salud. Los detectores de radiación activaron de inmediato las alarmas con lecturas desbordadas. En cuestión de horas, el pánico se apoderó de las autoridades: más de medio centenar de integrantes de la familia Ferreira habían resultado expuestos. La tragedia golpeó con extrema dureza a la pequeña Leide, sobrina de Odesson de apenas seis años, quien ingirió alimentos tras manipular el material en su hogar; la niña falleció un mes después, al igual que su tía María Gabriela y dos jóvenes trabajadores del desguace.
Monitoreo masivo, demoliciones y estigma social
La respuesta sanitaria obligó a convertir el Estadio Olímpico local en un centro de triaje donde se examinó a más de 100.000 ciudadanos. Aquellos que presentaban niveles peligrosos de contaminación fueron sometidos a intensos lavados químicos, destrucción de vestimenta y regímenes para depurar el organismo. Sin embargo, el desconocimiento provocó que la radiación se extendiera involuntariamente: Odesson relata que, tras seguir la recomendación médica de beber líquidos para purgarse, acudió a un bar, lo que derivó en la posterior demolición del baño del establecimiento.
Las secuelas no fueron exclusivamente físicas. Para los sobrevivientes, el estigma social se transformó en una carga insoportable. Quienes residían en la zona cero del incidente fueron rechazados en el transporte público, comercios y vecindarios. Odesson, quien perdió parte de sus dedos por el contacto directo y vio demolida la vivienda de su familia, enfrentó el rechazo constante de conocidos de toda la vida mientras intentaba reconstruir su cotidianidad en albergues provisionales.
Memoria activa y lecciones para el mundo
El impacto del suceso de Goiânia forzó una reforma integral en las legislaciones internacionales relativas a la trazabilidad, custodia y desecho seguro de equipos médicos radiológicos. Odesson Ferreira renunció a su oficio como chofer del transporte público para liderar la Asociación de Víctimas del Cesio-137, consagrando décadas de su vida a exigir indemnizaciones justas y cobertura médica permanente.
Hoy, a sus más de 70 años y radicado en una tranquila finca rural a más de 200 kilómetros del epicentro del drama, Odesson redacta sus memorias. Su objetivo fundamental sigue siendo mantener vivo el recuerdo del desastre para garantizar que negligencias similares no vuelvan a poner en peligro a ninguna comunidad en el planeta.