Las raíces históricas detrás del firme respaldo de Irlanda a la causa palestina

En el tablero de la diplomacia global, la postura de la República de Irlanda frente al conflicto en Medio Oriente resalta con una contundencia casi única en Europa Occidental. Mientras gran parte de la comunidad internacional mantiene posiciones cautelosas o divididas, en Dublín el respaldo a los reclamos del pueblo palestino atraviesa transversalmente el espectro político, la academia y la opinión pública. Esta alineación no responde a vínculos étnicos, religiosos ni económicos directos, sino a profundas analogías históricas arraigadas en la memoria colectiva del pueblo irlandés.
Un paralelismo forjado en el despojo y la partición
Investigaciones encabezadas por los politólogos Miceal Canavan, de la Universidad de Queens en Belfast, y Liam Kneafsey, del Trinity College de Dublín, revelan que más del 76% de la población de la República de Irlanda siente un interés directo y profundo por lo que ocurre en Gaza y Cisjordania, inclinándose en su gran mayoría en favor de los palestinos. Los académicos explican que los irlandeses interpretan esta situación a través de tres heridas de su propio pasado: la colonización británica durante los siglos XVI y XVII, que despojó a la población nativa de sus tierras; la gran hambruna del siglo XIX que forzó un éxodo masivo; y la traumática partición de la isla entre 1920 y 1922 que dio origen a Irlanda del Norte.
Esa experiencia de desplazamiento, asentamientos coloniales y dominio militar foráneo lleva a muchos ciudadanos a trazar paralelismos automáticos con la realidad que enfrentan los palestinos, especialmente tras la Guerra de los Seis Días en 1967 y el avance de los asentamientos israelíes en territorios ocupados.
De la sinergia independentista a la ruptura diplomática
Curiosamente, el panorama no siempre fue de confrontación. En los albores del movimiento sionista a finales del siglo XIX, figuras como Theodor Herzl llegaron a identificarse con líderes nacionalistas irlandeses como Charles Parnell en su lucha común frente al dominio imperial británico. De hecho, personalidades de la historia israelí guardaron estrechos nexos con Irlanda: el ex primer ministro Yitzhak Shamir adoptó el seudónimo de "Michael" en honor al líder revolucionario irlandés Michael Collins, y el expresidente Chaim Herzog era hijo del Gran Rabino de Irlanda, Yitzhak Herzog.
Sin embargo, las fricciones comenzaron a profundizarse con las décadas. Dublín fue el primer país de la Unión Europea en defender formalmente la solución de dos Estados en 1980 y uno de los últimos en autorizar la apertura de una embajada israelí en 1996. El deterioro alcanzó su punto más crítico a finales de 2024, cuando el canciller israelí Gideon Sa'ar ordenó el cierre de la sede diplomática en la capital irlandesa, acusando al Estado europeo de promover políticas antiisraelíes extremas. Asimismo, el gobierno irlandés formalizó su respaldo a la demanda por genocidio presentada por Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia.
El debate interno y las sombras del pasado
La controversia no está exenta de matices. Yanky Fachler, presidente de la Sociedad Histórica Judía de Irlanda, advierte que la atmósfera política actual ha incrementado la sensación de vulnerabilidad dentro de la pequeña comunidad judía local, estimada hoy en unas 2.500 personas. Críticos de la posición irlandesa a menudo recuerdan episodios controversiales de la historia del país, como su estricta neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial, el bajo número de refugiados judíos acogidos durante el Holocausto y las polémicas condolencias que el entonces mandatario Éamon de Valera presentó tras la muerte de Adolf Hitler en apego al protocolo diplomático.
No obstante, los estudios académicos recientes descartan que la simpatía propalestina esté impulsada por el antisemitismo; de hecho, los sondeos reflejan índices más altos de islamofobia que de prejuicios contra la comunidad judía. En paralelo, en la vecina Irlanda del Norte la percepción sigue fragmentada bajo viejos patrones sectarios: los sectores nacionalistas y católicos se solidarizan plenamente con la causa palestina, mientras los unionistas y protestantes tienden a identificarse con el Estado de Israel al percibirse como comunidades afincadas que enfrentan un entorno hostil.