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La inconclusa planta nuclear de Juraguá: el ambicioso sueño que dejó a Cuba a oscuras

Publicadolun, 21 sept 2026, 8:45 a. m.
La inconclusa planta nuclear de Juraguá: el ambicioso sueño que dejó a Cuba a oscuras

Una promesa sepultada bajo toneladas de concreto

Los cortes de energía no representan ninguna novedad en Cuba; han marcado el compás de la vida cotidiana desde los años ochenta. Sin embargo, la magnitud de la crisis actual ha alcanzado niveles críticos, agravada por el endurecimiento de las sanciones internacionales que asfixian la importación de crudo. Ante esa histórica vulnerabilidad, La Habana intentó décadas atrás una maniobra audaz: en 1982, Fidel Castro anunció la construcción de una imponente central nucleoeléctrica en Juraguá, provincia de Cienfuegos. La meta consistía en suministrar al menos el 15% de la electricidad del territorio nacional y quebrar la dependencia del petróleo de la mano del financiamiento y la tecnología de la Unión Soviética.

El proyecto, no obstante, quedó atrapado en las turbulencias de la Guerra Fría. La estructura, situada a unos 320 kilómetros de los cayos de Florida, despertó tempranas alarmas en Washington respecto a la seguridad regional, a pesar de que en territorio estadounidense ya operaba la planta de Turkey Point, en Homestead. En 1986, la catástrofe de Chernóbil encendió alertas mundiales que pusieron la lupa sobre la obra caribeña, aunque organismos reguladores estadounidenses admitieron que el diseño de Juraguá se asemejaba más a los modelos occidentales. Pese a los intentos técnicos, la estocada definitiva llegó con la disolución de la URSS, lo que obligó a suspender los trabajos en 1992 y abandonar las instalaciones de manera irreversible.

Memorias de una inversión millonaria frustrada

A escasa distancia del gigante de hormigón permanece la denominada Ciudad Nuclear, el asentamiento edificado para alojar a los ingenieros, técnicos y obreros que darían vida a la central. Antiguos trabajadores, como el electricista Luis Vargas y su compañero Francisco Pérez, aún contemplan la mole con pesar. Recuerdan con amargura el momento en que se les comunicó el cese definitivo de las operaciones debido a la inviabilidad económica y geopolítica del proyecto. Hacia 1995, cuando el gobierno cubano tanteaba fórmulas para reanimar la obra con Rusia, voceros del Departamento de Estado estadounidense, como Nicholas Burns, reiteraron sus dudas sobre los estándares constructivos y la capacidad operativa en la isla, sepultando cualquier opción de rescate.

Juraguá estaba concebida como la primera de tres plantas con las que el régimen pretendía adelantarse a la creciente demanda energética. En retrospectiva, la iniciativa nuclear no desentonaba con la matriz energética regional: potencias como México cuentan con Laguna Verde, Argentina mantiene activas las centrales de Atucha I y Embalse, y Brasil opera los reactores de Angra. Esta última instalación brasileña genera más de 2.000 megavatios, una cifra que por sí sola bastaría para neutralizar el déficit eléctrico que reporta a diario la Unión Eléctrica cubana, el cual supera con frecuencia los 2.100 megavatios.

Hoy en día, sin combustible a gran escala ni alternativas viables a corto plazo, el país permanece sumido en una parálisis energética constante. En la fachada olvidada de Juraguá todavía sobrevive una consigna bilingüe en ruso y español: «¡Que el átomo sea obrero y no soldado!». Cuatro décadas después, la gigantesca estructura de concreto no fue lo uno ni lo otro, sino el mudo testimonio de una soberanía energética que nunca llegó.