Trece horas a la deriva en el mar Rojo: la odisea de supervivencia de doce buzos y un reencuentro 20 años después

Lo que prometía ser la inmersión de sus vidas en uno de los paraísos submarinos más codiciados del planeta se transformó en una de las pruebas de supervivencia en alta mar más dramáticas de las últimas décadas. En agosto de 2004, la abogada portuguesa Alexandra Alves Gaspar, de 29 años, exploraba las imponentes paredes de coral en las islas El Ikhwa —famosas por sus tiburones y pecios frente a las costas de Egipto— a bordo del crucero de buceo Oyster. Sin embargo, en cuestión de minutos, una corriente implacable arrastró a su grupo, alejándolos irremediablemente de sus embarcaciones de apoyo y dejándolos a merced del mar Rojo.
La lucha colectiva en la inmensidad del océano
Al emerger a la superficie, la realidad fue demoledora: la nave nodriza apenas se divisaba como un punto diminuto a más de una milla náutica. Varados en mar abierto, doce buceadores —cinco portugueses, cinco británicos y una pareja belga— comprendieron rápidamente la gravedad del cuadro. Para la época, la tecnología no contaba con los localizadores satelitales individuales que hoy son estándar en el buceo recreativo de altura.
Para conservar energías y evitar ser dispersados por el oleaje, los expedicionarios soltaron los lastres de plomo de sus cinturones, inflaron sus chalecos compensadores y formaron un círculo compacto. Con el paso de las horas, la esperanza inicial dio paso a la angustia, mitigada a ratos por el característico humor británico del grupo y promesas de matrimonio bajo la premisa de sobrevivir. Con la llegada de la noche cerrada, el agotamiento, las quemaduras de primer grado y el temor constante a la fauna marina bajo sus pies obligaron al grupo a adoptar una formación en "V" en completo silencio.
Un rescate guiado por la intuición y el código morse
Tras más de una docena de horas a la deriva en absoluta oscuridad, el destello lejano de luces en el horizonte reactivó las alarmas del grupo. Utilizando pequeñas linternas subacuáticas, emitieron la clásica señal de auxilio: tres pulsos cortos, tres largos y tres cortos. Una bocina a la distancia respondió, confirmando que una embarcación de búsqueda los había divisado.
Aunque las autoridades y la Armada egipcia desplegaron un vasto operativo en la zona, el rescate final fue atribuido al instinto de pescadores locales. El capitán del barco pesquero, quien navegaba guiándose únicamente por las estrellas y las corrientes marinas sin instrumentos electrónicos, apagó su motor para dejarse llevar por el mismo flujo de agua. De acuerdo con el testimonio de los marineros, un grupo de delfines comenzó a rodear la proa como si señalaran el rumbo exacto donde finalmente flotaban los náufragos, severamente deshidratados pero con vida.
El retorno al mar y el cierre de un ciclo
Pese al severo estrés postraumático que le provocó pesadillas durante años, Alves Gaspar se negó a abandonar su pasión por las profundidades marinas. Dos décadas después de aquel angustioso suceso, en 2024, regresó a las mismas aguas del mar Rojo. Al descender, se encontró con una manada de delfines que nadó y jugó a su alrededor durante más de 45 minutos, un acontecimiento que interpretó como el cierre definitivo de su herida emocional.
Hoy, con más de 50 años, la jurista sigue destinando la gran mayoría de sus viajes al buceo, reconociendo el inmenso valor de las mejoras tecnológicas de rescate actuales y manteniendo un respeto reverencial por la fuerza incontrolable de la naturaleza.