Brecha cambiaria en América Latina: Paraguay y Colombia lideran ganancias mientras Chile y México sufren el embate del dólar

El mercado cambiario de América Latina despidió el tercer trimestre del año evidenciando una profunda divergencia estructural. En un entorno internacional condicionado por el endurecimiento monetario de la Reserva Federal de Estados Unidos y el fortalecimiento del índice dólar (DXY), únicamente dos monedas lograron sortear la corriente y registrar avances: el guaraní paraguayo y el peso colombiano. En el otro extremo, las divisas de Chile, México y Argentina encabezaron las depreciaciones más pronunciadas del bloque.
Las dos excepciones del trimestre
El guaraní paraguayo se coronó como la moneda de mejor rendimiento regional al acumular una apreciación del 4,30% frente al dólar estadounidense. Este desempeño estuvo respaldado por un sólido superávit comercial generado por el repunte exportador, donde los envíos de soja y sus derivados crecieron un 38,2% interanual entre enero y agosto, sumado a un aumento del 30,2% en las ventas del sector maquila. La estrechez de liquidez en moneda local impulsó al sistema bancario a liquidar divisas, mientras que el Banco Central del Paraguay mantuvo su postura de no intervenir acumulando reservas, permitiendo que el ajuste de precios recayera directamente sobre el tipo de cambio.
En la segunda posición se ubicó el peso colombiano, que anotó un alza del 3,29% durante el trimestre. De acuerdo con analistas del mercado, la moneda se vio favorecida durante buena parte del período por el renovado apetito de inversionistas internacionales tras los comicios presidenciales y un debilitamiento inicial del billete verde. Sin embargo, hacia el cierre del trimestre comenzaron a asomarse nubarrones fiscales asociados a faltantes presupuestarios, lo que anticipa un camino de mayor volatilidad para los próximos meses.
Petróleo y tasas: el castigo sobre Chile y México
En la acera opuesta, el peso chileno registró la caída más severa de la región con un retroceso del 5,32%. La economía chilena, altamente dependiente del crudo importado, sufrió el impacto directo del encarecimiento del barril de petróleo Brent, que avanzó un 35% en el período. Si bien el precio del cobre experimentó un incremento del 5,82% amortiguando parcialmente el golpe, el alza en los costos de los combustibles y el aumento de 25 puntos básicos en la tasa de interés de la Fed terminaron por debilitar a la moneda andina.
El peso mexicano ocupó el segundo lugar entre las mayores contracciones, cediendo un 3,22%. La corrección técnica respondió principalmente a la reducción del diferencial de tasas entre el Banco de México y la Reserva Federal estadounidense, un movimiento que restó atractivo al tradicional carry trade. Además, los rendimientos de los bonos del Tesoro de EE. UU. a diez años por encima del 5% generaron una rotación de flujos de capital hacia activos refugio.
Por su parte, el peso argentino completó el podio de pérdidas con una depreciación del 2,42%, en un contexto donde las liquidaciones agrícolas y colocaciones de deuda amortiguaron la caída pero no lograron disipar las presiones inflacionarias ni la incertidumbre política previa a las elecciones.
Estabilidad relativa en el resto de la región
El resto de las plazas cambiarias operó en un margen de relativa contención con pérdidas inferiores al 1%. El real brasileño cedió apenas un 0,26%, apoyado por tasas reales históricamente atractivas pese a las dudas fiscales de cara a los comicios presidenciales. En Centroamérica y el Caribe, el quetzal guatemalteco retrocedió un 0,17%, el colón costarricense un 0,28% y el peso dominicano un 0,57%, manteniendo variaciones acotadas que reflejan una sólida estabilidad macroeconómica interna frente al choque externo.
Finalmente, el sol peruano concluyó el trimestre con una baja marginal de 0,68%, concentrada hacia finales de septiembre tras un inicio de período positivo impulsado por señales de continuidad técnica en el Banco Central de Reserva y en el Ministerio de Economía. De cara al tramo final del año, el rumbo de las divisas latinoamericanas seguirá atado al compás que dicte la Reserva Federal y a la capacidad de cada economía para sostener sus equilibrios fiscales.