El misterio de Gus Lamont: un año sin rastros del niño desaparecido en el implacable desierto australiano

Aquel 27 de septiembre, el pequeño Gus Lamont, de apenas cuatro años, vestía una camiseta azul de los Minions, botas pequeñas y un sombrero para protegerse del sol sobre sus rizos rubios. Jugaba en la arena en los alrededores de la vivienda de sus abuelos en Oak Park Station, una apartada explotación ovina situada a casi 48 kilómetros de Yunta, la localidad más próxima, y a unos 240 kilómetros al norte de Adelaida. En un lapso de apenas media hora, el menor se desvaneció sin dejar el menor rastro, desatando el operativo de rastreo más exhaustivo y complejo jamás registrado en el estado de Australia Meridional.
Tecnología de punta frente a la inmensidad del desierto
Durante semanas, brigadas policiales, efectivos militares y rescatistas peinaron palmo a palmo decenas de kilómetros cuadrados. Los equipos vaciaron tres embalses, inspeccionaron seis pozos mineros y recurrieron a tecnología aeroespacial. La empresa Nearmap capturó imágenes aéreas de resolución milimétrica a 1.800 metros de altura, las cuales fueron procesadas por los algoritmos de inteligencia artificial de Sci-eye —utilizados habitualmente para censar fauna salvaje—. El sistema identificó más de 10.000 ovejas, miles de canguros y cabras, pero ni un solo indicio de Gus: ni una prenda desgarrada, ni sus botas, ni un rastro térmico.
Especialistas en fauna también descartaron con rapidez las hipótesis que apuntaban a animales salvajes. Las águilas audaces de la región carecen de la fuerza física para levantar en vuelo a un infante de unos 13 kilogramos, mientras que los análisis de imagen no detectaron presencia de dingos ni de cerdos asilvestrados en el perímetro de búsqueda. La ausencia de aves carroñeras en las jornadas posteriores a la desaparición reforzó la desconcertante realidad: la naturaleza no daba señales de que el cuerpo del menor estuviera en el terreno.
Un giro hacia el círculo íntimo
Cinco meses después del suceso, la Policía de Australia Meridional reclasificó formalmente el expediente como un "delito grave". Tras constatar la imposibilidad logística de que un desconocido hubiese ingresado a la propiedad —un terreno cerrado y sin señalización accesible únicamente por caminos privados de tierra—, las autoridades descartaron el secuestro oportunista y exculparon a los padres del menor, centrando la investigación en el entorno de sus abuelos maternos, Josie y Shannon Murray.
El superintendente detective Darren Fielke reveló que detectaron marcadas inconsistencias en las declaraciones iniciales y que una de las personas residentes en la estación interrumpió su cooperación con los investigadores. Aunque la policía no divulgó nombres de manera oficial, las sospechas públicas recayeron sobre la abuela, Josie Murray, quien en declaraciones públicas rechazó categóricamente cualquier vinculación con el hecho y calificó la hipótesis de que ella pudiera haber enterrado a su nieto como un completo absurdo.
El peso de la incertidumbre
A un año del trágico suceso, nadie ha sido imputado formalmente. Las recientes lluvias sobre la tierra roja del interior australiano han cubierto de vegetación la zona, complicando aún más eventuales nuevas inspecciones sobre el terreno. Entre el silencio del desierto y la falta de evidencias concluyentes, la familia de Gus Lamont y las autoridades continúan atrapados en uno de los enigmas policiales más desconcertantes de las últimas décadas.