Mercados globales sin red de seguridad: el agotamiento simultáneo del estímulo fiscal y monetario

Un cambio de paradigma para la estabilidad financiera
Los mercados internacionales se adentran en un territorio desconocido y de alta vulnerabilidad. Durante cerca de cuatro décadas, cada sacudida económica encontró una respuesta inmediata: los bancos centrales bajaban el costo del dinero e inyectaban liquidez, mientras los gobiernos recurrían al talonario público para evitar la debacle. Sin embargo, ese doble mecanismo de protección —conocido históricamente como los amortiguadores monetario y fiscal— muestra hoy signos críticos de agotamiento.
Esta pérdida sincronizada de flexibilidad transforma las reglas del juego financiero global. Según advierte Henry Allen, estratega de Deutsche Bank, a menos que ocurra un descenso abrupto en la inflación o una caída sustancial de los rendimientos de la deuda soberana, la volatilidad macroeconómica será la norma y no la excepción en los próximos ciclos.
El freno inflacionario al rescate de los bancos centrales
La costumbre de acudir al rescate monetario se forjó tras el colapso bursátil de 1987, cuando la Reserva Federal de Estados Unidos contuvo el impacto del desplome del S&P 500 recortando tasas y facilitando liquidez. Aquel guion se repitió de forma sistemática: en las turbulencias de 1997 y 1998, tras el pinchazo de la burbuja tecnológica de 2001 —cuando la Fed recortó 475 puntos básicos sus tasas hasta llevarlas luego al 1% en 2003—, en la Gran Recesión de 2008 con programas masivos de compra de activos, y finalmente en 2020 con la pandemia, periodo en que el déficit fiscal estadounidense tocó un histórico 14,5% del PIB.
No obstante, la posterior escalada de los precios desmanteló esta red de contención. A diferencia de episodios anteriores, los bancos centrales no pueden flexibilizar sus políticas ante el primer indicio de debilidad bursátil. Lo vivido desde 2022 lo confirma: tanto la Reserva Federal como el Banco Central Europeo y el Banco de Japón se han visto obligados a sostener o elevar tasas para anclar las expectativas inflacionarias, relegando a un segundo plano las fluctuaciones de los mercados de acciones y los episodios de estrés bancario.
Cuentas públicas al límite y rendimientos disparados
Por el flanco fiscal, el escenario es igualmente restrictivo. Entre 1980 y 2020, la tendencia bajista de las tasas de interés facilitó que las naciones absorbieran mayores volúmenes de deuda sin elevar dramáticamente el costo de su servicio. Esa dinámica favorable se ha quebrado por completo. Como reflejo de esta presión, el rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a 10 años escaló desde el 1,9% previo a la pandemia hasta situarse en el 5,2%, mientras que el bund alemán a igual plazo pasó de terreno negativo (-0,2%) a rendir un 3,6%.
El punto de partida de las arcas públicas deja poco espacio para nuevos paquetes de rescate. Datos del Fondo Monetario Internacional compilados por Deutsche Bank indican que la deuda pública neta de las economías avanzadas pasó del 52% del PIB en el año 2000 al 80% en 2025, con proyecciones al alza hacia 2030. Con estos niveles de endeudamiento, aplicar nuevos estímulos fiscales para impulsar la demanda no solo elevaría los déficits a cotas insostenibles, sino que chocaría directamente con las restricciones de oferta, avivando la inflación y forzando a los bancos centrales a endurecer aún más el crédito.
Un horizonte de mayores oscilaciones económicas
Este panorama evoca ciertos paralelismos con la década de 1970, cuando los impactos petroleros combinaron presiones sobre los precios y desaceleración del crecimiento, provocando tres recesiones en Estados Unidos en un lapso de diez años. Aunque el entorno institucional actual es distinto —no existe la rigidez del patrón oro ni inflaciones desbordadas en doble dígito—, la capacidad de intervención preventiva de los Estados se encuentra en su nivel más bajo en cuatro décadas.
En definitiva, mientras los rendimientos de la deuda y la inflación se mantengan elevados, las economías deberán transitar los próximos choques con mucha menos asistencia estatal, exponiendo a inversionistas y empresas a ciclos más bruscos y sin red protectora.