Santo Domingo bajo asfalto: Las noches calurosas se sextuplican por la pérdida de árboles en la capital

Dormir con una brisa fresca en Santo Domingo se ha convertido prácticamente en un recuerdo del pasado. En 1995, la capital dominicana registraba apenas 26 noches al año en las que el termómetro no lograba descender de los 25 grados centígrados. Casi tres décadas después, esa cifra se disparó a 167 noches sofocantes anuales, multiplicándose por más de seis. Este dramático incremento fue comprobado mediante el análisis de más de 11,000 registros meteorológicos diarios evaluados por los investigadores Gilkauris Rojas Cortorreal y Julio Peña, de la Escuela de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU).
Los datos detallan que, mientras la temperatura máxima promedio de la ciudad subió 1.4 grados, la mínima —registrada durante la madrugada— experimentó un alza de 1.9 grados centígrados. Este comportamiento evidencia que las noches capitaleñas se están calentando a un ritmo mayor que los días, una característica clásica de lo que los climatólogos definen como la "isla de calor urbana": un entorno saturado de concreto y asfalto que absorbe radiación solar durante la jornada y es incapaz de liberarla tras la puesta del sol. Un estudio previo de los mismos académicos, en colaboración con la Universidad Politécnica de Cataluña, ya advertía que en 2018 el Polígono Central era entre 0.8 y 1.5 grados más caliente que en 1995.
El costo del asfalto y el auge inmobiliario vertical
El diagnóstico apunta de forma contundente a la progresiva tala del arbolado urbano y la expansión de infraestructuras grises como los principales motores de esta alteración microclimática. Los análisis correlacionan los primeros aumentos sostenidos de la temperatura mínima nocturna con grandes intervenciones viales: primero a partir de 1997, con la transformación de la avenida 27 de Febrero en corredor expreso, y posteriormente en 2011 con la inauguración del Corredor Duarte, donde los frondosos árboles y las isletas con vegetación fueron reemplazados por hormigón y palmeras ornamentales sin suficiente capacidad de cobertura.
A esto se suma el acelerado cambio en el uso de suelo residencial. Sectores tradicionales como el Ensanche Naco y zonas aledañas han visto desaparecer viviendas unifamiliares con patios y jardines para dar paso a torres de gran altura que ocupan prácticamente la totalidad de los solares, eliminando la vegetación amortiguadora y sellando el suelo permeable.
Un escudo ambiental que se desvanece
El impacto de la deforestación urbana va mucho más allá de la pérdida de sombra térmica. De acuerdo con el inventario del arbolado del Distrito Nacional realizado por el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (Intec) junto al Servicio Forestal de Estados Unidos, los árboles y arbustos de la capital capturan anualmente cerca de 49.7 toneladas de contaminantes atmosféricos, entre ellos ozono, monóxido de carbono, partículas finas y dióxido de azufre. Asimismo, este manto vegetal retiene más de 27,700 metros cúbicos de escorrentía pluvial cada año.
Al talar ejemplares maduros —como los cortes registrados recientemente en puntos del Centro Olímpico, Los Prados y otras demarcaciones—, la ciudad no solo queda expuesta a sensaciones térmicas que la NOAA y el Indomet han proyectado por encima de los 45 grados en temporadas pico, sino que también agrava su vulnerabilidad ante inundaciones urbanas repentinas. La evidencia científica acumulada advierte que Santo Domingo se calienta e inunda en las mismas zonas donde ha sepultado sus árboles; la incógnita que persiste es si las políticas de ordenamiento territorial asumirán estos datos antes de que la capital termine asfixiada bajo su propio concreto.